LOS DISTANCIADOS*

Si hubiera tenido que describir su domicilio no habría podido hacerlo. De chico había vivido en el Bajo Flores, pero a las chicas que conocía en los boliches de la década del 80, que empezaban a las 10 de la noche y terminaban a las 3 de la madrugada, les decía que vivía en Parque Chacabuco. Esas tres cuadras le daban otro aire. Pese a esa modificación geográfica, su principal escollo no era su ubicación en el mundo, sino cómo lo ubicaban en este: el teléfono que debía dar era el de la vecina.  

Por su andar se podía decir que algún deporte había practicado. También su GPS diseñaba las anécdotas de este rubro según dónde transitaba. En Parque Lezama o San Juan y Boedo, cientos de veces voló como un águila para definir un partido chivo. En Plaza Las Heras desenvolvía un milimétrico y poético golpe en el hoyo 18 con un palo N°7, en tanto en Puerto Madero se animó a cronometrar el celestial galope de un corcel que deambulaba por el verde césped del Campo Argentino de Polo. Eso sí, no se animó a tanto. Cuando todos esperaban que dijera que fue un tozudo jugador de polo, fue más humilde, sólo dejó entrever que era amigo de un amigo que tenía campos y equipo en Cañuelas. También jugó al tenis en San Telmo, en las primeras canchas que se construyeron debajo de la Autopista 25 de Mayo. En eso sí fue un pionero. Cuenta que durante mucho tiempo jugaba con una raqueta de madera Slazenger con el encordado roto. Eso no fue impedimento para ganar apuestas varias.  

De su familia se sabía poco. Nadie entendía si era casado, divorciado o viudo. Esos temas prefería esquivarlos. Sin hijos, aparentemente, pero con algún que otro sobrino que aparecía en sus relatos. Universitario, eso sí. Y con estudios en la prestigiosa Yale, por supuesto.  

Ropa con muchos años de uso y con limpieza forzada. Pantalones varios que se cambiaban según la temperatura. Un bolso tipo raquetero de antaño lo acompañaba a todos lados. Medias de distintos pares, casi como en cualquier casa de familia, toallas, jabones, remeras desgastadas, pero algunas de culto. En cualquier compra-venta de ropa usada se pagaría algunos cientos de pesos. Bufandas, guantes que dejaban ver los dedos y hasta una gorra que tenía una leyenda premonitoria, si se quiere: The Black Sheep Band. Muchos años antes ya se había dado cuenta de que él pertenecía a alguna banda de ovejas negras descarriadas que deambulaban por el universo.  

Sin documentos a cuestas ni carnet de ningún tipo. Se lo conocía como el Negro David. Algunos creían saber de dónde venía, pero nada era claro. En su raquetero sólo tenía un papel prolijamente guardado que hablaba de una Mención de Honor en su escuela primaria. Una señora contó que su nombre verdadero era Ernesto.  

Su vida en la calle no fue de aventuras, más bien de dolor y desdicha. Aunque con su experiencia puede dar fe de que ese dolor y esa desdicha son muy similares a las que tiene cualquier persona que vive en una supuesta normalidad o dentro del sistema.  

Se notaba que David eligió irse de su vida. No tenía ganas de volver. Y volver muchas veces es recordar. Entonces, cuando aparecía algún recuerdo, enseguida los cambiaba por otra anécdota grandilocuente. No dejaba que nada lo llevara al pasado. Tal vez era su forma de defenderse de no sabemos qué. Muchos se enojan, se entristecen, rememoran, se esconden, David no. Agrandaba más la historia y siempre salía victorioso.  

— David, ¡vos contás todas historias en las que ganaste! ¿Nunca perdiste una? — le espetó un compañero de recorrido entre restaurante y restaurante.  

— Obvio que perdí, compañero. ¡Pero las que perdí, que las cuente el que las ganó! — contestó rápido.  

Este recorrido ameno entre David y sus amigos comensales, que podían ser el Perro Adrián, el Moco Pablo o Don Raúl, no ameritaba la degustación en sólidas y decoradas mesas. A ellos no los esperaban con la copa de un amable vino blanco o de un queso crema mezclado con especies. Ellos tenían que luchar contra la buena o mala onda. Mucho tenía que ver con la predisposición, la amabilidad y el carácter de cada uno de los dueños o responsables de la cocina de los buenos, malos, caros y/o económicos bares, fondas, bodegones o restó que se cruzaban en el camino.  

Esto era más o menos así. Iban todos, pero el que hablaba con los que cortaban el bacalao, nunca mejor dicho, era David. Entrador, más o menos bien vestido, siempre con una sonrisa y buenos modales. Como segunda opción, estaba Don Raúl, más veterano, canoso y con una barba tupida que tranquilamente podría ser el triple de larga que la de Papa Noel. Para el doble le faltaban kilos encima. El Perro y el Moco se dedicaban a buscar el lugar. Al aire libre las plazas y parques picaban en punta, con lluvia y frío le pedían prestado un techo al taller de Juan, el mecánico. Por la limpieza del fondo y el movimiento de algunos coches arrumbados, valía como paga por el lugar.  

El descanso era un tema espinoso. Preferían estar afuera que ir a los paradores. Los 108, apodo que recibe el personal que asiste a las personas en situación de calle, los invitaban a pernoctar. David y sus amigos nunca confiaron. Estaban convencidos de que lo hacían para saber adónde paraban y después mandarle a la policía. Incomprobable, pero ellos lo sentían como una certeza. A veces se acercaban para almorzar un plato de comida caliente, y nada más.  

Tampoco querían armar una ranchada debajo de la autopista. David no quería que nadie lo reconociera de cuando él había sido uno de los primeros jugadores de tenis bajo techo. Los otros recordaban los gritos de un compañero que fue quemado vivo por el solo hecho de ser un “sintecho” y pobre.  

El lugar preferido siempre habían sido los hospitales. Con educación, y apelando a la buena voluntad de los médicos y del personal de seguridad que se fue incorporando año tras año, dormir dentro de los hospitales les daba tranquilidad. Siempre se ubicaban sin molestar. No cortaban ningún paso. Trataban de ser más invisibles de lo que eran. Eso sí, antes de las 7, ya tenían que estar arriba porque llegaban los directores. Y sabían que los directores tenían que actuar de directores, así que se iban tranquilos. Muchas veces, con un vaso de leche y un pan con membrillo que las cocineras ya tenían preparados antes de su salida.  

Otras tantas usaban el Hospital como una forma de descanso. Más de una vez tuvieron que ser internados por distintas dolencias que la vida les iba dejando. Eran días de cama y comida caliente. No abusaban, pero si hubiera sido por ellos, se habrían quedado meses y meses.  

El aseo personal también era un logro. Entre fuentes escondidas o polideportivos municipales siempre había una canilla para despegar la mugre y los olores citadinos. A veces se impregnaba tanto que ya parecía una segunda piel. Esto no pasaba día a día, el encuentro con la limpieza se daba cada semana y media, a lo sumo.   

Entre historias, rebusques y alguna tarea para pasar el tiempo o encontrar un poco más de confort se iba la vida.  

— A mí se me olvidan los años, o, mejor dicho, no quiero detenerme en ninguno, pero el 2020 me lo hicieron recordar a fuego de todos lados — resaltaba David.  

Las vidrieras de las cadenas de electrodomésticos siempre habían sido el escenario donde habían podido observar los grandes acontecimientos, casi siempre ligados al deporte. 

Siempre apartados en un rincón. El resto de la gente evitaba acercarse para esquivar el mangazo o el abrazo de gol obligatorio, con posibles olores incluidos, al anónimo que se tiene al lado, casi como el saludo de la misa de los domingos.  

Pasaron varios mundiales pegados al vidrio. Hasta observaron cómo cambiaban los formatos de las pantallas y año a año veían cada vez más grandes las jugadas de sus ídolos. 

Esta vez se dieron cuenta de que una noticia abarcaba todo momento, todas las horas. Veían imágenes de hospitales colapsados, camillas en pasillos, fosas comunes. Una enfermedad desconocida invadía el mundo. Contagiosa. Imparable. Nadie estaba seguro. Y menos ellos.  

En un momento se paró el mundo. Ese mundo que ellos miraban desde afuera desde hacía mucho tiempo entraba en pánico. Sin autos, sin colectivos, sin gente atestando las estaciones de trenes o de los subtes. Sin chicos y chicas en las escuelas. Sin nadie en las calles. Sólo ese puñado de invisibles urbanos que, en ese momento, pasaron a ser solitarios dueños del espacio.  

—¿¡Pero qué carajo es ese bicho, viejo!?— gritó el Perro.  

—¡Ni idea! —respondió el Moco. — Don Raúl, usted que sabe todo, ¿qué es? — preguntó.  

— No sé, ni me importa. Lo único que sé es que caen como moscas, y nosotros somos más moscardones que todos — sentenció Don Raúl y siguió caminando con cierta bronca.  

Algo sospechaba el Viejo Raúl.  

En una de esas noches por Parque Patricios, el grupo quiso pasar la noche resguardado en el Hospital más cercano. Ya sabían todo. A las 24 cambiaba la guardia y los que entraban siempre los dejaban pasar. Su pasaporte era una amena historia contada por David. Muchas veces se estiraba más allá de los 15 minutos y sus compañeros por dentro le pedían por favor que terminara.  

Esta vez ya no fue igual.  

Los guardias usaban barbijos celestes, los mismos que veían en las enfermeras de terapia intensiva. Sus manos enguantadas manipulaban unos aparatitos que acercaban a la frente o a la muñeca de cada uno que intentaba entrar al centro de salud. Las ambulancias iban y venían. Adentro se veían personajes con atuendos sacados de la ficción. Todos de blanco. Con escafandras y vestidos herméticos. Casi como astronautas. No se distinguía si eran médicos o médicas.  

— ¡Faaa!¡Parecen de una película! —dijo el Moco.  

David respondió sin dudar. Enseguida recordó el viejo cine Cuyo de Boedo — Sí, de E.T., cuando lo vienen a buscar los de la NASA a la casa del pibe que lo había encontrado.  

Ese dato ya no importaba. El ingreso vedado significaba que tenían que seguir caminando y pasar la noche donde pudieran.  

Al otro día, el hambre los despertó uno a uno. Fue así que enfilaron para el bodegón amigo. Ya eran las 9 y nadie aparecía. Se acomodaron cerca de la puerta para no molestar y así tener más posibilidades de comida. Pasaron como dos horas, y nada. Creyeron que el santiagueño se había dormido. Se fueron.  

Siguieron hasta la Avenida y la vieron vacía. Ya empezaron a entender que algo pasaba. Caminaron como 20 minutos para un lado y para el otro. No había nadie. En pleno centro porteño no había ni un alma. Un silencio atroz. Un silencio que se les pegaba en los huesos.  

Se metieron en una iglesia a la que sabían ir a cambio de comida por rezos. Llegaron para lo último, pero pudieron llenar un poco la panza. Mate cocido y pan. Mucho pan. Suficiente para estirar muchas horas. Ya estaban acostumbrados.  

Ahí sí les confirmaron lo que ellos no sabían, pero intuían. Todos adentro por temor a la pandemia.  

—¡Es ese bicho, te lo dije! — confirmó el Perro.  

—¿Y nosotros adentro de dónde, si vivimos afuera? — gritó el Moco.  

Pasaron días, meses, y hasta un año. Ya no era el grupo de cuatro. Sólo quedaban David y el Perro. El Moco se fue quedando de a poco. Dormía más tiempo que todos. 

Caminaba más lento. Ya hablaba cosas que nadie entendía. Hasta que un día siguió descansando y lo dejaron en el umbral de un cajero automático. Y lo perdieron. Don Raúl, en cambio, una noche eligió ir a un parador y quedarse. Ya sabía de memoria que se debía cuidar. Cada uno tenía ya un tapabocas, grisáceo por el paso del tiempo, que se acomodaba mucho mejor en el mentón que entre la nariz y la boca. Había alcohol en gel por todos lados. También había mucha gente por todos lados. Raúl era diabético y no lo sabía. Gracias a las pocas veces en las que había comido azúcar de más, tenía una leve sospecha.  

Al principio, la pasó bien en el resguardo. Hasta que un día su compañero más cercano no pudo dejar de toser, y lo hizo durante tres días. El tapabocas, casi caído, no cumplía la función que debía cumplir. Don Raúl ya tenía edad para recibir la vacuna. Su falta de DNI y de celular, sin embargo, lo dejaron expuesto y pospuesto para no se sabe cuándo. Se fue antes de que pensaran en él como parte de un grupo de riesgo. Esos cráneos que creen que todos tenemos la tecnología a nuestro alcance ni se percatan de que hay miles y miles de personas que no se acuerdan siquiera de cómo se discaba en los teléfonos de ENTel.  

David y el Perro Adrián sufrieron mucho. No sólo fue por hambre y frío, ni por los pocos lugares para comer o bañarse. Perdieron a sus compañeros y, aún más, perdieron la cuota de esperanza que les llegaba de los demás. Vieron cómo se les cerraban las puertas y cómo la solidaridad se perdía también con el bicho.  

— ¿Te acordás, David, cuando escuchábamos los aplausos? ¿Te acordás cuando en la tele grande dijeron que de esta íbamos a salir mejores?¡Minga! — sentenció el Perro.  

David ni siquiera le respondió. Acomodaba el raquetero con sus cada vez menos pertenencias y leía un cartel inmenso que decía: “Use tapabocas siempre, lávese las manos y mantenga el distanciamiento social”. Otra vez leía: “Use tapabocas siempre, lávese las manos y mantenga el distanciamiento social”.  

Cada vez eran menos los dueños de los bares a los que debía entretener, los guardias pasaron a ser desconocidos y los polideportivos ya ni abrían sus puertas.  

Después de un rato en silencio, miró al último amigo que le quedaba y se reconoció: — Nosotros somos los distanciados, los distanciados sociales desde siempre  

— ¿Qué? – preguntó el Perro.  

— Nada, nada. Cosas que se me ocurren con el hambre — le respondió. 

* Autor: Gustavo R. Fernández. Segundo Premio Concursos Participativos 2021, Categoría Cuento. Organizado por UPCN Capital

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